miércoles, 2 de noviembre de 2011

Cuento: "La respuesta"

Aquí va un cuento de juventud, o mejor dicho, de la primera juventud, de cuando tenía unos 18 años.

1


Amarrada a los barrotes, temblando, tambaleándose de un sitio a otro, doblándosele las rodillas…

Restregaba su rostro entre los fríos hierros, observaba hierática el lento atardecer, dejando entrever los dientes, la nariz aguileña y la pálida sonrisa.

—Tantos… tantos años… tantos… tantos… tantos años…

Sus ojos bailaban, sus dedos lograban moverse inquietos. Encontraría alguna señal…, la encontraría, encontraría la señal iluminadora.

—Tienes que comer — le decía preocupada, una de las monjas.

Aquella voz sonaba como un eco del otro mundo, como el recuerdo de alguna conversación pasada. Y su rostro palpitaba con una extraña luz, la única energía que parecía mantenerla viva.

—Oh… hermana María… siempre tan dulce…— susurró con los dientes, sin perder aquella tiesa sonrisa.

—Vamos…, deberías comer. Vamos…, deberías hacerme caso.
—No… Deja…, déjame.

El sol bajaba, y su rostro intentaba abrirse paso entre los barrotes oxidados. Los ojos se le clavaron en el rojo cielo, que parecía éste el grito de toda la Naturaleza, de toda la existencia.

—¡Oh! Me llamas…, sé que me llamas… me llamas… me llamas…

—Tantos años…, tantos, tantos años…

Había aguardado tanto…, había anhelado tanto… El gran momento debía de estar cerca.


La luz solar incidió en la ventana podrida, mostrando su color anaranjado y verdoso, brillante como la mosca de los desperdicios.

Y sus dedos aparecieron azules, plateados… Y sus uñas eran como cristal fino. Su escultura yacía aparatosa, con aquella sonrisa…

Al abrirse la puerta de la celda un grito desgarrador inundó el monasterio. Las hermanas lloraron a su encuentro.


Pero buscaron la llegada, la dulce llegada, envidiando a aquélla, ansiando el fin de la espera.

—¡Oh… dulce hermana! ¡Por fin has hallado la gloria del Señor!

Y quién escuchó sino sus plegarias, quien sino sólo las nubes, sólo las estrellas, sólo la luna, y aquel intenso, arrasador y enloquecedor Sol.

2

El sucio cristal sólo dejaba entrar una luz opaca, una luz blanquecina, una vaga luz solar que manchó sus cansadas manos y animó sus ojos.

Levantó la vista y miró por la minúscula ventana, allá arriba, casi rozando la uralita.

—Entra algo de luz, pero están tan sucios los cristales… Quizás hayan sitios mejores… ¿pero dónde mejor que aquí?


Se amontonaban las latas y los ojos de sus compañeras brillaban furiosos contra ella. El primer año fue Juan, al siguiente Pepita, al siguiente su pequeño Antoñico.

—Si no me despistase tanto el velo que cubre esos cristales, conseguiría que me ascendieran…, aquí, ¿dónde si no? Por ellos, por mis pequeños…

Fijó pues la vista en las latas, concentró así su atención en las grises y atareadas máquinas.Pasaron años, pasaron décadas…

El polvo cegó aún más las ventanas, las máquinas fueron oxidándose, la uralita agujereándose; las irónicas sonrisas, las miradas envidiosas, la constante y cegadora labor diaria, desgastándose.

La fábrica cerró ante sus ojos, ante sus pequeños logros y ante sus pequeños sueños.

Y ante tantos y tantos años…, tantos años logrando despistar la verdad del rayo de la luz solar, tantos años entregándose absolutamente al brillo opaco y verdoso de una estúpida máquina oxidada.

Pero quien escuchó sino sus sueños, quien sino el Sol arrasador, quien sino su luz poderosa e incómodamente reveladora.

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